Dra. Mila Cahue

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Algunos miedos que hay que perder para experimentar el Amor


Una de las razones por las que las personas pasamos la mayor parte de nuestra vida adulta en busca del amor, o en su  mantenimiento y crecimiento si ya se ha encontrado, es porque se trata de una de las sensaciones más placenteras y gratificantes que se pueda experimentar.

Sin embargo, ¿por qué iniciar una relación amorosa despierta en muchos de nosotros miedos irracionales y a veces paralizantes? Aquellos que han vivido el amor probablemente hayan vivido también el dolor del desamor. Se mezclan en esta situación la confusión del por qué una relación ha llegado a su fin, y el dolor de sentirse rechazado, abandonado. Ante la perspectiva de una nueva relación afectiva, aparece el miedo porque no se quiere volver a pasar por algo parecido.

Para saber qué hacer con esos miedos, primero hay que saber en qué consisten. El miedo es una señal que se dispara en el cuerpo y que nos avisa de que quizás vayamos a meternos en alguna situación para la que no tengamos recursos suficientes. Por eso es importante analizarla, identificar cuál es la situación para la que no estamos suficientemente preparados, y buscar alternativas para poder afrontarlas y evitar males mayores.

Nosotros vamos a echar una mano en este sentido explicando los miedos más frecuentes en las relaciones amorosas, y qué hacer si se presentan.

Miedo a no gustar. Cuando conocemos a gente nueva puede ocurrir tanto que gustemos como que no, y en principio eso está bien, porque a nosotros habrá gente nueva que nos guste, y otra que no. Si se trata de una larga historia de “no gustar”, quizás tengamos que hacer un análisis de cómo nos acercamos y presentamos a los demás:

–       ¿tenemos temas de conversación?

–       ¿nos interesamos por los demás sin entrar en intimidades?

–       ¿somos personas positivas o negativas cuando hablamos?

–       ¿somos conscientes de nuestro lenguaje no verbal?

–       ¿intentamos que el rato que se está junto a alguien sea agradable o estamos esperando a que nos lo hagan agradable los otros?, etc.

En otras ocasiones, nos empeñamos en gustar a quienes no gustamos, y eso es un error que hay que evitar. Si no le gustamos a alguien después de haber desplegado nuestro mejor repertorio, respetaremos su opinión y nos dirigiremos a quienes les resultamos más agradables. El tiempo pasa mejor en buena compañía.

Nota a tener en cuenta: a veces somos nosotros mismos los que provocamos nuestro sufrimiento cuando queremos forzar en la otra persona sentimientos sobre los que no tenemos la última palabra.

Miedo a estar solo. La soledad es una de las experiencias más extrañas a la condición humana, pues lo que somos es debido a nuestra condición de especie social. Es por eso que, cuando estamos solos nos sentimos vulnerables, con la sensación de necesitar de alguien para poder salir adelante. Aunque se podría considerar normal, hoy en día sabemos que, especialmente para la calidad que esperamos de las relaciones de pareja, es preciso aprender a estar solos.

Estar con uno mismo resulta muy saludable para saber lo que uno quiere y lo que no; en lo que se es bueno o se es torpe; si se es tranquilo o activo; si se tiene tendencia a aprovechar el tiempo o a perderlo; en fin, conocerse un poco más a fondo es el mejor predictor para el establecimiento de una pareja que funcione, ya que se elegirá con criterios más afines o complementarios con lo que cada uno sea.

Nuestra recomendación es no elegir pareja desde el pánico a la soledad. Elegir al primero que pasa para no estar solo tiene muchas probabilidades de acabar en rotundo fracaso, y es tremendamente injusto para el que pasaba por ahí, y que pensaba que le estaban eligiendo por sus condiciones personales, y no desde el miedo de esa otra persona.

Hay dos miedos que resultan desagradablemente inmovilizantes:

Miedo a perder. Cuando vamos a poner parte de nuestro tiempo, energía e ilusión en una relación, es natural que nos asalte el miedo a quedarnos sin algo que al principio nos parecía que merecía la pena. Cuando no se consigue lo que se esperaba, no solamente se ha perdido a esa persona, sino toda esa parte de uno mismo que se ha dedicado a conseguirla. En ocasiones no se quiere renunciar a ello y se insiste hasta lo irracional. Saber perder es una regla importante del juego, y no conocerla hará de nosotros incómodos compañeros. Reconocer que se está perdiendo nos permitirá retirarnos a tiempo y evitar males mayores. Quien no aprenda a reconocer cuándo se está perdiendo, perderá más de lo que se pueda permitir.

Miedo a seguir. Este miedo quizás pueda parecer extraño porque, aunque se esté con alguien que resulte agradable, hay personas que no se sienten cómodas cuando el avance de la relación implica, de manera natural, un mayor compromiso, para el que quizás no se sienten preparados, o simplemente no deseen. En este caso, lo mejor es que se haya aclarado desde el principio hasta dónde se está dispuesto/a a llegar para que la otra persona decida si se implica emocionalmente o si prefiere seguir buscando.

Miedo a cortar. Aunque parezca lo más fácil, conocemos muchísimas parejas (demasiadas) que continúan porque no saben cómo decirle al otro que la relación se ha terminado. Prefieren provocar alguna situación comprometida, una bronca innecesaria que sirva de justificación para cortar, o enfriar la relación de tal manera que quien corte sea el otro. Y normalmente se debe a que al principio de la relación prometieron o dijeron más de lo que deberían haber dicho, y cuando se quiere cortar es difícil desdecirse sin que se le reprochen las mentiras o la palabrería. En vez de aguantar el chaparrón de un conflicto innecesario para cortar, nuestra propuesta es echarle un poco de entereza al asunto, y no prolongar relaciones que acaban convirtiéndose en una lenta e insoportable agonía. Más vale una vez rojo que cien amarillo.

Miedo a ser rechazado/Miedo al abandono. Si hay algo que nos eche de verdad para atrás es la anticipación de que la persona a la que estamos intentando conquistar o contactar nos diga que no, que nos rechace, que no nos dé la oportunidad. Si hay algo que duele es el no ser aceptados, pero sobre todo el por qué. En este caso sugerimos cambiar nuestra actitud:

–       admitir que existe la posibilidad de que nos digan que no

–       si nos rechazan, no rayarnos preguntándonos por qué

–       si nos rechazan, admitirlo elegantemente, sin enfados absurdos y respetando la voluntad del otro

Es una conducta absolutamente ineficaz seguir intentándolo con alguien que no quiere relacionarse con nosotros, cuando hay tanta gente a la que podemos caer muy bien.

Miedo a decir “te quiero”. Este miedo se ha convertido casi en un clásico especialmente entre aquellos que ya llevan varias intentonas sin éxito. Algunos argumentan que “no falla: cada vez que digo te quiero al poco tiempo se rompe la relación. Parece que da gafe decirlo”. Otros prefieren guardarse el par de palabras, para evitar que la otra persona interprete más de lo que se quiere decir realmente. Para otros, decir te quiero está reservado a la persona definitiva, única y para siempre. Nuestra sugerencia es más naturalidad. Está bien decir te quiero y sienta francamente bien, aparte de que añade un puntito muy agradable al momento en que se dice: te quiero ahora, pero mañana dependerá de lo que hagamos con la relación. Advertencia importante: las palabras te quiero no significan absolutamente nada si no van acompañadas de hechos que lo demuestren.

Los miedos nos bloquean y tenemos esa incómoda sensación de que nuestra vida no va hacia ninguna parte. Por eso es importante reconocerlos, identificar qué es lo que tenemos que hacer y aprender, y permitirnos seguir creciendo como personas libres de las ataduras del temor.

Miedo a ser engañado/dañado. Se trata de un miedo muy lícito, pues a nadie le gusta que le hagan trampas o le provoquen dolor. En cualquier caso, es algo que no podremos evitar, pues quien va a engañar no va a decirnos desde el principio que va a hacerlo y tendremos que aprender a identificarlo, pues la mentira suele ir dejando rastro, y podemos aprender a interpretarlo. Básicamente, uno empieza a sentir que la cosa no marcha cuando se intuyen ciertas contradicciones entre lo que la persona nos está diciendo y lo que realmente hace. Tenemos la tendencia de preguntar lo evidente, para obtener una respuesta que nos devuelva a la tranquilidad que los hechos nos están negando. En ocasiones el engaño nos pilla por sorpresa, pero lo que suele ocurrir con más frecuencia es que nosotros mismos nos estemos engañando cuando oímos solamente lo que queremos escuchar, y obviamos lo que la realidad está poniendo delante de nosotros a veces con luces de neón. Si somos capaces de asumir la parte de responsabilidad que nos toca en todo el entramado de la mentira, evitaremos gran parte del dolor que provocan sus consecuencias.

Miedo a meter la pata/a equivocarse. Reconociendo que a nadie le gusta equivocarse, ¿existe alguien capaz de decir que no se ha equivocado nunca?¿existe alguien que se atreva a afirmar que no va a volver a equivocarse? En realidad, la dificultad radica en que el error está muy mal visto en nuestra sociedad. Cuando alguien se equivoca, tendemos a hacer leña del árbol caído, y no fomentamos que la persona aprenda del error y siga adelante, que sería lo más inteligente. Para poder sacar provecho del error, es importante que la persona asuma la responsabilidad de las consecuencias de una decisión que ha tomado y que no vaya echando culpas a diestro y siniestro. Al asumir la responsabilidad se pueden cambiar las conductas que han provocado los efectos. La maestría, el éxito o la sabiduría son el resultado de una larga serie de fracasos, y de una ausencia de miedo a equivocarse, facilitada por un deseo profundo de hacer las cosas bien, y de disfrutar de ellas. Equivocarse no es bueno ni es malo: depende de lo que signifique para cada uno. Identifícalo rápidamente, asume tu parte en él, y no permitas que te paralice hasta que sientas que la vida te está pasando por encima.

Miedo al compromiso. Si lo que te está echando para atrás a la hora de estabilizar una relación es este miedo, probablemente se deba a que eres una persona que se compromete demasiado pronto en una relación, y da más de lo que toca antes de que corresponda hacerlo. De ahí puede venir una sensación de frustración que haga que a uno se le quiten las ganas de comprometerse, si es que no va a recibir a cambio lo mismo que da. En este caso, te recomendamos que leas los artículos relacionados con las fases que debe atravesar una relación hasta consolidarse, y que reajustes lo que das y lo que recibes para que puedas sentirte a gusto en una relación. Quizás vengas de relaciones que no han funcionado, pero en realidad no es necesario que te comprometas hasta que no estés seguro de que te encuentras ante la persona con la que la afectividad fluye de manera recíproca. O puede que tu miedo al compromiso venga del miedo a sentirte agobiado. Entonces, sigue leyendo.

Miedo a ser agobiado. Este miedo probablemente lo sentirás cuando la otra persona haga avances para los que tú no hayas dado tu visto bueno, pero para los que tampoco hayas sabido marcar los límites y dejar claro lo que todavía no quieres vivir en esa relación. Un buen entrenamiento en asertividad (decir lo que sientes de forma clara, tranquila y sin hacer daño al otro. Consiste en reafirmarte a ti mismo sin negar al otro) te proporcionará una buena herramienta para que puedas avanzar en una relación sin que de pronto te veas haciendo algo, o sin poder hacerlo, debido a las exigencias o imposiciones, sutiles o explícitas, de la persona con la que estés.

Miedo a tomar decisiones. Este miedo tiene mucho que ver con el miedo a equivocarse. No es que uno no sepa tomar decisiones, sino que normalmente no se quiere asumir las consecuencias de lo que decidimos, por si acaso no sale como nos gustaría. Pero, lo admitamos o no, estamos continuamente tomando decisiones. Incluso cuando no estamos tomando una decisión, estamos tomando la decisión de no tomarla, con sus correspondientes consecuencias. Cuando decidimos que sea el otro quien tome la decisión (lo que tu digas) estamos tomando la decisión de que la decisión la tome el otro, por lo tanto luego no vale echarle en cara nada si se equivoca. Si no queremos vernos atrapados en las decisiones de los demás, mejor tomamos nosotros las nuestras, pero no dejaremos que los demás las tomen por nosotros para luego culparles a ellos en lugar de asumir nosotros las consecuencias. Te sugerimos que leas el apartado relacionado con el miedo a equivocarse. ¡No pasa nada, de verdad!

Ahora te vamos a proponer que hagas un pequeño ejercicio. Escribe en un cuaderno: un miedo que tengo en las relaciones es… (y empieza a escribir todo lo que te salga). Una vez que los hayas identificado, escribe a continuación de qué manera puedes cambiar ese pensamiento, qué necesitas aprender, y cómo vas a hacerlo. Verás cómo este pequeño esfuerzo empezará a producir cambios que harán que tu vida afectiva se desbloquee y avance hacia los objetivos que te hayas propuesto.

Colaboración de Mila Cahue para MeeticAffinity

 

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