Dra. Mila Cahue

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La pareja y el perdón: saber pedirlo y saber darlo


Sabes lo que más me duele… que nunca me pide perdón. O no reconoce lo que ha hecho, o si es evidente, se calla y deja que las cosas se diluyan, como si no hubiese pasado nada. Está por que sea la primera vez que me pide disculpas por algo y lo reconozca”. Y así se van acumulando, día a día, pequeños agravios que, aislados, no tienen mayor importancia, pero que a lo largo de los años van adquiriendo un peso capaz de dinamitar los cimientos de una relación.

Se acabó el amor… se ha desgastado…”o nos lo hemos cargado sin apenas darnos cuenta, por pasar por alto detalles que creemos que no tienen importancia y que, a la larga, sí la tienen. Tanta, que nos pueden dejar con la mitad del patrimonio, con relaciones familiares interrumpidas, y con un vacío emocional que, aunque al principio pueda parecer excitante, a la larga, esto de tener que emparejarse de nuevo suele ser un proceso un poco cansino y, con el paso de los años, un esfuerzo en ocasiones inútil. Visto así, quizás pedir perdón merezca la pena, pero también necesita introducir algunos cambios.

El primero, eliminar de la cabeza un prejuicio por el cual, admitir un error supone algo así como una humillación, o caerse del pedestal en el que uno se ha posicionado. Lejos de ser así, las personas que saben pedir perdón crecen ante nuestros ojos de manera exponencial, ya que, si se hace correctamente, lo que percibe el otro es:

– Que se han tenido en cuenta sus sentimientos

– Que existe una intención de introducir los cambios que se necesiten

– Que hay una intención de crear juntos una relación, en vez de imponerla

Se suele dar una paradoja bastante curiosa: ante una ofensa, el foco se suele centrar en la persona ofendida, y se le aconseja, solicita e incluso exige que perdone al otro, incluso si éste no tiene o no quiere tener consciencia de haber causado un perjuicio a su pareja.

Se dan cursos y existen libros sobre el arte de perdonar, que finalmente consiste en asumir lo ocurrido; aceptar la realidad como es, no como a uno le gustaría que fuera; entender (que no quiere decir justificar) la actuación del otro; y finalmente intentar olvidar para poder seguir viviendo. Pero son muy pocos los que tienen el coraje de, igualmente, aconsejar, solicitar e incluso exigir al ofensor que repare el daño causado y que pida disculpas. A ver quién le pone el cascabel al gato… por si acaso, se prefiere el objetivo fácil.

Hay personas que sí quieren hacerlo bien, y si no saben cómo, les recordamos cuál es la manera más eficaz de hacerlo:

– Primero, describir el escenario de la ofensa (cariño, ayer cuando te levanté la voz…);

– Segundo, comprender por qué y dónde se ha hecho daño (…supongo que te sentiste fatal porque mi enfado no tenía que ver directamente contigo…);

– Tercero, hacer un propósito de la enmienda sentido y sincero (…y yo voy a intentar que no vuelva a ocurrir pero, si ves que no me doy cuenta, me gustaría que hicieras xxx).

Esta secuencia está muy lejos de los clásicos “pues si era una broma, ¡cómo te pones!” o “¿me perdonas?”, de probada ineficacia.

También es cierto que hay que saber perdonar. Si alguien nos pide un perdón elaborado, y lo admitimos, es importante que el asunto quede definitivamente zanjado, haciéndose el esfuerzo, por una parte, de que no se repita (introduciendo los cambios oportunos) y, por la otra, de no sacar el asunto una y otra vez, a modo de castigo eterno.

Saber pedir perdón y saber perdonar son dos de los cimientos fundamentales que sustentan las relaciones que se profesan un amor profundo y constructivo.

Colaboración de Mila Cahue para MeeticAffinity

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